Esta es una administración que quiere ser cauta y cuidadosa
frente a un rival asertivo, ambicioso y violento como Vladimir Putin. Así le
va. Incluso un híper obamista como Thomas Friedman del New York Times, en una
nota que empieza con un alegato: “Su señoría, salgo nuevamente en defensa de la
política del presidente Barack Obama hacia Siria”, debe reconocer que el
presidente estadounidense padece ambivalencia. Ante los pronunciamientos
adolescentes de Obama en el recinto de la ONU, dichos antaño y la semana pasada
—“Ninguna nación puede o debería intentar dominar a otra nación” y “Las
naciones del mundo no pueden retornar a los viejos hábitos del conflicto y la
coerción”—, el jefe del Kremlin ha de destornillarse de risa. Entre carcajadas,
invade Ucrania e interviene en Siria. Ay, sin aprobación de la ONU.
¿Qué busca Putin en Siria? Fundamentalmente, mantener a
Bashar al Assad en el poder. Rusia tiene muchos intereses en aquel país:
estratégicos, culturales y económicos. El régimen de Assad ha sido el aliado
más cercano de Moscú en el mundo árabe por más de 40 años. Durante la Guerra
Fría, decenas de miles de rusos se trasladaron a Siria, mientras que las élites
sirias estudiaban en las mejores escuelas rusas. Los matrimonios mixtos eran
comunes y, al momento del levantamiento sirio, se estima que cien mil
ciudadanos rusos vivían allí. Moscú también es un proveedor de armas de Damasco
y compañías rusas han invertido aproximadamente 20 mil millones de dólares en
esas tierras. Abandonar a Assad supondría renunciar a estas inversiones. Es
difícil imaginar un nuevo Gobierno tan amigable a Moscú en una era pos-Assad.
La experta Anna Borshchevskaya indicó en una lúcida nota en
Foreign Policy que Siria es el punto de apoyo más importante de Rusia en la
región, bordeando el Mediterráneo, Israel, Líbano, Turquía, Jordania e Irak.
“Putin ha hecho de la expansión del poderío naval ruso un pilar de su tercer
mandato presidencial, y la caída de Assad significaría perder la única base
militar de Rusia fuera del espacio postsoviético; un centro de reabastecimiento
naval en el puerto de Tartus”, observa. El apoyo a Assad figura además dentro
de los planes de Putin de desafiar a Occidente. De hecho, Moscú ha sido un
firme partidario de Assad desde el comienzo de la insurrección siria en marzo
de 2011. Ha apuntalado al régimen de Damasco con armas, asesores, préstamos
económicos y cobertura política en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ahora
Putin decidió involucrar a su patria en la guerra civil con su aparato militar.
“Debemos reconocer que no puede haber, después de semejante
derramamiento de sangre, de semejante carnicería, una vuelta al statu quo
previo a la guerra”, dice Obama. “Creemos que es un enorme error rehusarse a
cooperar con el Gobierno sirio y sus fuerzas armadas”, asegura Putin. Mientras
que el estadounidense vacila y cuando actúa, lo hace sin convicción, el ruso
envía aviones de combate, misiles aire-aire y baterías antiaéreas. “¿Contra un
Estado Islámico que no tiene fuerza aérea, aviones o helicópteros?”, se
preguntaba el analista Charles Krauthammer en el Washington Post. No, Putin no
está en Siria para luchar contra estos yihadistas. Él anhela destruir a la
oposición moderada a Assad, de modo que sólo permanezca el EI como alternativa
al régimen damasceno, para forzar de ese modo a Occidente a una elección clara.
Tal es así que durante las primeras 48 horas de bombardeos solamente ha atacado
campamentos de rebeldes entrenados por la CIA. Y lo ha hecho inmediatamente
después de haberse reunido con Obama, en el primer encuentro formal tras la
marginación mundial que siguió a la aventura bélica rusa en Ucrania.
Putin sabe que Obama es un líder fláccido. Un estadista que
advierte: “Assad debe irse” y que indica que el uso de armas químicas es una
“línea roja”, pero hace muy poco por una u otra cosa. Putin sabe que Obama es
un hombre fácil de embaucar, de hacerle creer que recompensar el mal
comportamiento de Irán, por ejemplo, hará, contra todo pronóstico, que Teherán
mejore su inconducta. Putin sabe que Obama quiere irse de Medio Oriente y
pretende aprovechar cada centímetro de espacio cedido gratuitamente por
Washington en la región más estratégica del globo. Putin sabe que cuenta aun
hasta entrado el 2017 para pasar por arriba a los Estados Unidos hasta que este
presidente parta. La anexión de Ucrania, la intervención en Siria y la negociación
con Irán pueden haber sido sólo las entradas de la cena que Vladimir está
preparando. Mientras, Obama ni siquiera es un comensal invitado.
El triángulo Rusia-Siria-EE.UU
09/Oct/2015
Infobae, Por Julián Schvindlerman